¿Por qué diferenciamos el emprendimiento del emprendimiento social?


Hace poco leía una definición de emprendimiento que me puso a pensar. Howard Stevenson, de manera concisa, la escribió hace 37 años: “Entrepreneurship is the pursuit of opportunity without regard to resources currently controlled” (el emprendimiento es perseguir la oportunidad sin importar los recursos que se controlen en el momento).

Digo que me dejó pensando porque recientemente publiqué un escrito donde decía que el emprendedor “vive de la necesidad de generar soluciones a problemas (…) quien está atento a dolores, detecta fallas en la sociedad, las plantea y las resuelve”. Creo que cuando alguien dice algo con sentido diferente a lo que ya uno había afirmado, es necesario cuestionar seriamente las ideas propias.

Luego de meditarlo, me parece que la diferencia está básicamente entre los dos conceptos subyacentes a cada definición: oportunidad y solución; cada una a su manera es correcta, pero creo que pertenecen a dos concepciones diferentes de lo que debe ser una empresa. Mientras la oportunidad tiene que ver con perseguir algo, la solución parte de una actitud proactiva y servicial. La primera tiene como fin último la utilidad, la segunda la generación de valor. Una tiene un efecto primeramente individual, la otra un efecto primeramente colectivo.

Por eso tengo mis dudas sobre ¿por qué diferenciar el emprendimiento del emprendimiento social?  Si entendemos toda labor emprendedora desde la solución y el valor (o como lo han planteado algunos escritores  – “relieving pains and creating gains”). Si entendemos el emprendimiento desde la búsqueda de cómo generar valor para alcanzar una solución, lo estamos concibiendo por sí sólo como una actividad social.

Siguiendo esta línea, clasificar el emprendimiento social como un concepto diferente es dar por sentado que el emprendimiento, por sí solo, es simplemente la búsqueda de oportunidad. No sería problemático si fuera un asunto de elección personal, pues a nadie se le puede prohibir buscar oportunidades de la manera que quiera, siempre y cuando se enmarque dentro de la legalidad y la ética, pero nos afecta a todos cuando se promueve públicamente y se convierte en parte de nuestro imaginario colectivo. En esta línea, hay varias elecciones que debemos hacer como sociedad: ¿qué clase de valores queremos promover? Si creemos en la iniciativa privada ¿queremos que ésta tenga un foco individual o colectivo? Y preguntándonos por los valores más primarios que nos motivan, ¿creemos que es el egoísmo aquel motor o más bien consideramos que ganar juntos es construir riqueza a largo plazo?

Si cambiamos de mentalidad, cambiaremos lo que son nuestras empresas. Serían muy diferentes las cosas si nos diéramos cuenta que el negocio está en generar soluciones y no en tomar provecho de las oportunidades. Si en algo hemos madurado como sociedad, es en darnos cuenta que el valor que le agregamos al mundo (“valor agregado”, ¿suena conocido? ) es el que poco a poco suma bienestar para todos; no la vieja concepción a lo mercantilista de suma-cero donde existían sólo dos opciones, ganar o perder. Poco a poco cambiamos la mentalidad en la esfera estatal e internacional, ¿lo haremos también en la empresarial?

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